Perseguir los sueños pero no a cualquier precio

cabina avion germanwingsLa tragedia de los Alpes ha inundado la actualidad informativa del final de marzo de este año 2015. Empezó siendo un accidente por pérdida de presión en la cabina que supuestamente habría dejado a los pilotos insconcientes, hecho por el cual el avión se habría estrellado sin control.

En pocas horas se halló la primera caja negra, que después de ser analizada a contrareloj por la fiscalía francesa, reveló dos situaciones cruciales que daban un giro en la investigación: el capitán estaba fuera de la cabina y el copiloto, Adreas Lubitz, no sólo estaba al mando del aparato, sino que “respiraba con normalidad”.

Los días sucesivos, sin esperar a las conclusiones del registro del apartamento del sospechoso del atentado, todo tipo de informaciones se sucedían para conformar el retrato del personaje. Después de descartar que se tratase de un islamista radical o de un peligroso extranjero de piel oscura, el periodismo occidental no se resignó ante el perfil menos vendible de un joven alemán de pura cepa de nombre Andreas y apellido germánico, Lubitz.

No fue un accidente. No fue un islamista religioso. No fue un inmigrante. Fue un blanco, alemán del que los vecinos decían que era un amable chico y en el aeródromo donde se formó incluso lloraron su pérdida. Pero da igual. Ante esta descafeinada realidad el periodismo no se arrugó y se aplicó a construir el retrato de la otra cara de Andreas Mr Hyde: un loco, depresivo, suicida, deficiente visual, amargado, cínico,…

El ser humano necesita comprender, consumir la noticia de un hecho inexplicable e ilógico para que todo al final cuadre perfectamente. Y las empresas, en este caso Lufthansa, necesitan exculparse. Oímos la sarta habitual de pelotas fuera: “somos la compañía más segura”, “pasamos todos los controles”, “nuestros pilotos son los más experimentados, incluso si detectan algún comportamiento extraño, están obligados a comunicarlo”. Otra vez la seguridad post 11S que aunque pretenda controlarlo todo, termina por dejarse algún cabo suelto.

Un piloto joven cuyo único sueño y aspiración en la vida era la de volar y que de repente ve frustrada su aspiración de pilotar aviones de viajes transoceánicos con apenas 600 horas de vuelo debido a problemas visuales y a su depresión, que le obliga a tomar medicamentos prohibidos para pilotos y que ya le había forzado a una baja laboral. Junio de 2015 era su espada de Damocles, la fecha del siguiente control médico de la aerolínea, el filtro implacable que le apartaría para siempre de los mandos de un avión.

Andreas, que ya cuenta con esta entrada en la Wikipedia, anunció a una exnovia que “todo el mundo conocería su nombre”. La mañana del 24 de marzo se agarró por última vez a los mandos de un avión para no soltarlos jamás. Le dio igual que murieran con él 150 personas. Aprovechó las necesidades fisiológicas de su compañero de cabina para bloquear la puerta sin que nadie pudiera hacer nada: ni miembros de la tripulación, ni controladores aéreos. Una vez más se demostró que la seguridad absoluta no existe.

Siempre hay alguien o algún elemento que la supera. Siempre puede fallar algún protocolo. La mente humana siempre tiene un punto imprevisible que no podemos controlar ni comprender. Nadie podrá nunca saber qué pasó por la mente y las pulsaciones de ese joven piloto alemán que un día decidió estrellar un avión antes del destino igual que su vida (y la de 150 pasajeros más) por no poder tolerar la frustración que un parte médico le dejara en tierra.

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