El paraíso te espera

cartell2¿No lo oyes? Sí, tú, alguien te llama. ¿Quieres ser alguien? ¿Buscas reconocimiento? ¿La gloria? Sí, alguien de verdad fuerte y poderoso se ha fijado en ti y esto te desarma, porque te sientes poca cosa. Si te dice “ven”, irás a ciegas a hacer lo que te diga.

Promesas, muchas promesas y nada que perder. Su música, su rebeldía, ser “malos” y tener todo el poder para romper con lo establecido. Porque tenéis muchas razones para girar el tablero a los que mandan.

Obedecer para un fin superior, para la misión final y el paraíso como recomensa. Tu nombre, escrito en grandes letras de oro en el paseo de la fama del Califato.

Probablemente algunos de estos pensamientos, anhelos y circunstancias rodean y subyugan a los futuros kamicazes que aspiran a inmolarse en sus ciudades europeas de origen, previo adiestramiento en Siria, Iraq o “estudio” a distancia con la UNED o UOC del sector: youtube, facebook y otros manuales del ISIS.

Regresamos ahora aquí, en Barcelona. ¿Qué pasaría si durante esta Semana Santa sometiéramos a nuestros adolescentes a llamadas y propuestas exactamente iguales pero opuestas en su finalidad?

Se de lo que hablo. Yo mismo, durante años, recibí un “adiestramiento” de este tipo. La llamada era personal pero extendida a decenas de compañeros como yo. El mensaje era igual de rompedor: transformar nuestros corazones de piedra por unos de carne. Nos hablaban de un líder que en sólo tres años había revolucionado un país (en menos de un ciclo electoral). Los más pobres eran los elegidos para liderar un ejército que 2.016 años después aún está vivo y sigue luchando para implantar el equivalente al califato del Daesh, el Reino de Dios.

El jueves te enseñaban a ser humilde: “el más importante tiene que actuar como un siervo”. El viernes llorabas la pérdida del líder, te arrepentías de tus miserias y egoísmos, mantenías viva la llama de su mensaje ahora que él no podía defenderlo. El sábado por la noche pasábamos del dolor de la muerte a la celebración de un nuevo renacer. Cantábamos alborozados que Jesús estaba vivo y que como testigos, lo reflejaríamos con nuestras palabras y actos.

Ahora me dirijo imaginariamente a vosotros, Julián y Rachid. Iguales en determinación, opuestos en fines. Tu, Rachid, nacido en Bruselas, cuando eras casi un niño ya soñabas con dominar un fusil. Decides entregar tu vida para atemorizar y matar a los que te han tratado con indiferencia. No has dudado en darlo todo.

¿Y tu, Julián, de qué tienes miedo? ¿A qué esperas para tomar las riendas de tu vida? Lo tienes mucho más fácil porque nadie te pide que mueras. Ya murió Él por ti. Sólo tienes que dejar crecer en ti esta semilla de amor que han plantado tus monitores, catequistas, formadores, jesuïtas (en mi caso). Un día como hoy, me dijeron que la vida valía la pena vivirla a fondo, sin reservas y que “la diferencia entre darlo todo y casi todo… era infinita”.

 

 

 

 

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